Me bañé.
Me puse ropa limpia.
Tomé el teléfono nuevo que Sebastián había preparado.
Luego dormí dieciséis horas seguidas.
Mientras yo dormía, Adrián Keller seguía creyendo que me había castigado.
El primer día no me llamó.
Por supuesto.
Su orgullo no se lo permitía.
Según supe después por una de las empleadas, esa noche cenó con Clara y su madre como si nada.
Eleanor incluso dijo:
—Una mujer debe aprender su lugar. Déjala dos días fuera y volverá de rodillas.
Clara añadió:
—Seguro está llorando en casa de su hermano. Qué vergüenza.
Adrián bebió vino.
No respondió.
Pero no comió mucho.
El segundo día, empezó a notar pequeñas ausencias.
Quiso buscar un par de gemelos que yo siempre dejaba listos para sus reuniones.
No estaban.
Preguntó a la empleada.
Ella dijo: