Y detrás no encontró caos.
No encontró ropa tirada.
No encontró señales de una mujer expulsada con prisa.
Encontró vacío.
Un vacío perfecto.
Ordenado.
Meticuloso.
Las perchas colgaban desnudas, alineadas una junto a otra.
Los cajones estaban limpios.
Los estantes, despejados.
El compartimento de zapatos, vacío.
Los bolsos que él creía haberme comprado seguían en sus cajas, intactos, apilados en una esquina con una nota.
“Propiedad de la familia Keller. No retirado.”
Adrián llamó a la empleada.
—¿Dónde están las cosas de mi esposa?
La mujer bajó la cabeza.
—La señora las fue retirando poco a poco durante los últimos meses.
—¿Qué?
—Dijo que eran objetos personales.
—¿Y nadie me informó?
—Señor, usted nunca preguntó.
La frase lo golpeó más de lo esperado.
Usted nunca preguntó.
Porque era verdad.
Nunca preguntó qué leía yo.
Qué usaba.