Luego a mí.
Mi antiguo teléfono seguía en la casa.
El mismo que me había arrebatado.
Sonó sobre la alfombra del salón.
Una vez.
Dos.
Tres.
Nadie contestó.
Clara lo encontró.
—¿Por qué su celular está aquí?
Adrián la miró como si acabara de recordar.
Yo no tenía teléfono.
No tenía cartera.
No tenía llaves.
Él me había echado así.
Con testigos.
Con cámaras de seguridad.
Con su hermana riéndose desde el sofá.
Ese detalle, que en la mañana de su ira le pareció una demostración de poder, se convirtió de pronto en una soga alrededor de su cuello.
Porque mis abogados solicitaron las grabaciones del vecindario.
La caseta de seguridad.
La puerta principal.
El audio de la sala.
Todo quedó registrado.
Adrián gritando.
Adrián arrebatándome el teléfono.
Adrián prohibiéndome llevar cualquier cosa.