—No quieres que vuelva. Quieres que todo vuelva a estar bajo control.
—Te extraño.
Pensé en la casa Keller.
En las cenas.
En la risa de Clara.
En Eleanor cerrando una puerta.
En Adrián diciendo que yo debía ser más cuidadosa.
—Extrañas lo que hacía por ti.
—No es verdad.
—Dime una cosa que te guste de mí que no te haya servido.
Adrián se quedó quieto.
Esperé.
Cinco segundos.
Diez.
Quince.
Nada.
Sonreí con tristeza.
—Eso pensé.
Sus ojos se llenaron de algo parecido al pánico.
—Elena…
—Adrián, durante tres años fui la esposa que querías porque olvidé ser la mujer que era. Pero ya recordé.
Me di la vuelta.
Él golpeó el portón.
—¡No puedes irte así!
Me detuve.
Sin mirarlo, respondí:
—Ya lo hice.
Los días siguientes fueron una guerra limpia.
Mis abogados presentaron todo.