Eso fue suficiente.
Nadie necesitaba una orden.
En los siguientes minutos comenzaron a vibrar teléfonos.
Directores financieros.
Abogados.
Socios.
Bancos.
Mauricio veía a los hombres que minutos antes buscaban estrecharle la mano alejarse discretamente.
Entonces mi padre señaló los pendientes de Renata.
—Y usted los devolverá hoy.
Renata lloraba.
—Yo no los robé. Mauricio me dijo que podía tomarlos.