Exactamente a las 4:17 p.m., se abrió la puerta principal.
“¡YA ESTOY EN CASA, CHICAS!”.
Trevor entró arrastrando su maleta con las gafas de sol puestas en la cabeza.
Tenía la piel bronceada. Olía a crema solar.
“¡YA ESTOY EN CASA, CHICAS!”.
“Las he echado de menos…”. Se quedó paralizado.
La maleta se le resbaló de la mano y cayó al suelo de parqué.
Sus ojos se clavaron en el hombre que estaba sentado en su sillón reclinable.
“¿PAPÁ? No…”.
Frank levantó la vista lentamente.
“Hola, Trevor”.
Trevor se quedó pálido.
“¿Pero qué demonios…?”.
De hecho, se le doblaron las rodillas. Se agarró al respaldo del sofá para no caerse.
“¿Qué demonios…?”.
“No”. La voz de Trevor se quebró. “Tú no”.
Por fin se fijó en la pizarra.
Por un instante pareció que se iba a echar a reír.
Entonces intenté levantarme. Un dolor agudo me atravesó el abdomen. Hice una mueca de dolor antes de poder disimularlo.