Su voz me asustó.
Lo acerqué más a mí.
—¿Qué pasa?
—Por favor, no lo abras.
Conocía a Caleb desde hacía casi diecisiete años. Lo había visto enojado, enfermo, aterrorizado y de luto.
Nunca lo había visto mirar algo de la manera en que miraba ese paquete.
—¿Qué es esto? —pregunté.
—Nada.
—¿Nada que se envió a mi esposo hace quince años?
Extendió la mano para tomarlo.
Yo di un paso atrás.
—¿Te lo envió alguien?
Apartó la mirada.
Eso me asustó aún más.
—Simplemente no lo abras.
Intenté bromear.
—¿Qué? ¿Hay una esposa secreta doblada dentro?
No sonrió.
Me encerré en el baño y abrí el paquete de un tirón.
Dentro había un par de viejos zapatos negros de vestir.
Abrí la puerta.
Caleb estaba sentado en el suelo del pasillo.
—¿De quién son?
—Míos.