Mi hermana adoptó a una niña de cinco años que se parecía muchísimo a mí. Al principio, todos bromeaban diciendo que seguramente era mi hija. Pero apenas dos semanas después de la adopción, mi hermana llegó a mi casa llorando y me dijo: «Sarah, descubrí quién es la verdadera madre de Emily».

Cuando levantó la cabeza y me sonrió, me quedé paralizada.

Era como si una fotografía mía de cuando era pequeña hubiera cobrado vida y estuviera sentada justo delante de mí.

Mary se echó a reír.

—Sarah, ¿te das cuenta? ¡Hasta se parece a ti! Si no supiera de dónde viene, pensaría que es tu hija.

Yo también me reí, pero una extraña inquietud comenzó a crecer dentro de mí.

Años atrás, había ocurrido algo en mi vida de lo que ni siquiera mi hermana conocía todos los detalles.

Durante mucho tiempo, había luchado por tener hijos. Y cuando finalmente quedé embarazada, todo terminó en una tragedia.

Desde aquel día, ni siquiera quería hablar de hospitales.

Emily se acercó, me tomó de la mano y preguntó:

—¿Tú eres mi tía?

—Sí, cariño.

Sonrió.

—Entonces, ¿por qué tus ojos son exactamente del mismo color que los míos?

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