Mi celular volvió a sonar.
Esta vez era Beatriz.
No contesté.
Unos minutos después salió un agente con una bolsa de evidencia. Dentro estaba mi plato.
Después salió el mesero. Lloraba.
Luego vi a Mauricio aparecer en la puerta. Buscó desesperadamente entre los coches hasta encontrarme. Dio un paso hacia nosotros, pero una agente le pidió que se quedara donde estaba.
Y entonces ocurrió algo que terminó de romper mi última duda.
Beatriz salió detrás de él y gritó:
—¡Mauricio, no digas nada hasta que llegue el abogado!
Ni siquiera preguntó si yo estaba bien.
Ni siquiera fingió sorpresa.
Solo pidió un abogado.
Antes de que la puerta del coche se cerrara, Mauricio me miró y movió los labios.
“No era para matarte.”
Y supe que la verdad era todavía peor de lo que Diego había imaginado.
PARTE 3
Los siguientes tres días dejaron mi vida convertida en una carpeta de investigación.