Sofía se detuvo.
En el escaparate había una cajita musical.
También tenía un conejo.
Me tensé.
—¿Quieres verla?
Sofía la observó unos segundos.
Después negó con la cabeza.
—No. La otra era especial porque era la mía. Ésa ya se rompió.
Pensé que se pondría triste.
En cambio, tomó mi mano.
—Podemos comprar colores mejor. Los míos ya están chiquitos.
Entramos y compramos una caja de lápices.
Esa noche dibujó nuestro departamento.
Dos personas tomadas de la mano.
Un sol enorme.
Y debajo, con su escritura todavía insegura, puso:
“Mamá y yo.”
Guardé ese dibujo en la misma caja donde antes había conservado pruebas contra Teresa.
Sólo que ya no guardaba alfileres, fotografías ni mensajes crueles.
Los documentos importantes estaban con mi abogada.
El pasado ya no necesitaba ocupar cada rincón de nuestra casa.