«Una Emily vive en nuestros recuerdos y la otra abraza al abuelo todos los días. Pero las dos forman parte de su familia».
Ya no pude contener las lágrimas.
Mi padre también estaba llorando.
Emily nos miraba confundida.
—¿Por qué lloráis todos? Yo no quería poneros tristes.
Mi padre la sentó sobre sus rodillas.
—No, cariño. Nos has hecho muy felices.
Entonces susurró algo que jamás olvidaré.
—Durante cuarenta años tuve miedo de abrir este libro. Y gracias a ti, por fin he podido hacerlo.
Desde aquel día, empezamos a reunirnos todos los domingos en casa de mi padre.
Abrimos el libro juntos.
A veces reímos.
A veces lloramos.
Y Emily sigue jugando a su juego favorito: cerrar los ojos y adivinar los pequeños objetos que su abuelo coloca entre sus manos.
Solo que ahora el juego ya no es un secreto.