Quise decir que aquel no era el momento adecuado.
Que era la noche de su baile.
Que no debíamos destrozarlo precisamente aquel día.
Pero todas las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta, porque de repente comprendí lo familiares que sonaban aquellas excusas.
Durante años había justificado mi silencio exactamente de la misma manera.
Me decía que todavía no era el momento adecuado.
Después era demasiado pequeño.
Luego empezó la escuela.
Después perdió a su padre.
Y más tarde me convencí de que su corazón no podría soportarlo.
Pero la verdad era que nunca habría existido un momento adecuado.
Porque yo no tenía miedo de que él se rompiera.
Tenía miedo de perderlo.
Dieciocho años atrás regresé del hospital con los brazos vacíos.
Mi bebé había nacido sin respirar.
Ni siquiera pude escucharla llorar.