«Mi jefe me dijo: “Si esta noche te tomas una foto conmigo, mañana te triplicaré el sueldo”. Acepté. Pero a la mañana siguiente, cuando llegué al trabajo, vi mi fotografía en la puerta de la oficina. Con lágrimas en los ojos, irrumpí en el despacho de mi jefe…»

Más tarde, aquel mismo día, volví a detenerme frente a la entrada de la oficina.

Esta vez leí el mensaje completo del cartel.

Y sonreí.

Tres meses después, mi madre se encontraba mucho mejor y nuestra fundación ya había ayudado a 47 familias.

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