Algo en mi pecho se desbloqueó. Fue silencioso, pero definitivo.
Volví a entrar en la habitación, cogí mi bolso y me dirigí al ascensor. Si nadie iba a defenderme, yo misma me defendería. Por fin había llegado el momento de plantarle cara.
Fue silencioso, pero definitivo.
***
Esa noche, cuando los tres niños por fin se habían quedado dormidos, salí a hurtadillas de la habitación en chanclas y bajé en el ascensor hasta el vestíbulo