Mi marido me comparó con la esposa de un amigo y soltó: “Ella sí sabe atender a su hombre; con mi sueldo yo no debería tocar ni una escoba”. En vez de pelear, llamé a aquella mujer y después puse todos nuestros recibos sobre la mesa. Lo que descubrí sobre su supuesta “esposa perfecta” me dio una idea, pero el verdadero golpe llegó cuando nuestra tarjeta común quedó en cero.

—Hasta que tú empezaste a hacerlo.

Durante unos segundos sólo se escuchó el ruido del refrigerador.

—Aun así —murmuró Raúl—, yo pongo más dinero fijo cada mes.

—Sí. Y yo aportaba una enorme cantidad de trabajo que tú decidiste que no valía nada.

Él levantó la mirada.

—¿Trabajo?

—Cocinar. Comparar precios. Comprar. Lavar. Organizar los pagos. Recordar cuándo vence el internet. Agendar al plomero. Llevar el coche al servicio. Comprar regalos para tu mamá. Preparar comida cuando viene tu hija. Revisar qué falta en la casa. Tener listas tus camisas cuando tienes una junta.

Mariana lo miró fijamente.

—Todo eso consume tiempo.

Raúl guardó silencio.

—Y tú querías que además hiciera absolutamente todo porque ganas más.

Él se pasó las manos por el rostro.

—Mauricio me hizo pensar…

—No culpes a Mauricio de algo que tú decidiste creer porque te convenía.

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