Y al final…
aparecía mi nombre.
Junto a una firma.
Mi firma.
Solo había un problema.
Yo jamás había firmado aquel documento.
Sentí un escalofrío.
Amplié la fotografía.
Volví a mirar la firma.
Era parecida.
Demasiado parecida.
Entonces recordé algo que llevaba años enterrado en mi memoria.
Tres semanas después del funeral de James, mi padre había aparecido en mi casa con una carpeta llena de documentos.
«Solo necesito que firmes unas cosas para el banco», me había dicho.
Yo estaba destrozada.
Había firmado varias hojas casi sin leerlas.
Pero aquel documento…
no lo recordaba.
Llamé inmediatamente a Michael.
—Te voy a enviar una fotografía.
—¿De qué?
—Creo que ya sé por qué mi padre está tan convencido de que puede quedarse con mi casa.
Se la envié.
Pasaron veinte segundos.
Treinta.
Finalmente Michael habló.
—Esto cambia las cosas.