Mi padre tiró a la basura el ajedrez que tallé durante 3 meses para sus 60 años y siguió usando orgulloso el reloj de mi hermano. Cuando mi madre preguntó por qué ya no regresaba, solo dije: “Tengo trabajo”. No conté lo que había visto. Pero semanas después encontré una vieja carpeta de mi abuelo con mi nombre y una cláusula que faltaba en su testamento oficial.

Adrián intentó mantenerse al margen.

Y papá, finalmente, apareció en mi casa.

Llegó un martes al anochecer.

Escuché su vieja camioneta antes de verla.

Abrí la puerta.

Ahí estaba Ernesto.

60 años.

Camisa de cuadros.

Brazos cruzados.

Y el reloj de Adrián todavía en su muñeca.

“¿Puedo pasar?”

Me hice a un lado.

Entró y observó mis estantes.

Había 4 juegos terminados, varias figuras y fotografías de Valeria conmigo.

No comentó nada.

Se sentó.

“Tu madre dice que quieres quitarle la cabaña.”

“No quiero quitarle nada. Quiero lo que el abuelo quería dejarme.”

“Esa casa está vieja. Necesita techo. Las tuberías están destrozadas.”

“Para mí vale todo.”

Papá apretó la mandíbula.

“Estás causando un problema enorme por algo que ni siquiera vale tanto.”

Lo miré durante varios segundos.

De repente entendí que llevábamos toda la vida hablando de cosas distintas.

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