Diez minutos después, me llevaron en silla de ruedas por el pasillo.
Cada curva parecía interminable.
Cada luz sobre mí destellaba como un juicio.
Cuando se abrieron las puertas de la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales, el mundo cambió.
El aire era más cálido. Más dulce. Lleno de suaves pitidos, tubos de plástico, instrucciones susurradas y el sagrado silencio de los recién nacidos que luchan por la vida.