Parte 2
Leonardo dio un paso hacia mí.
Instintivamente, Ethan se colocó delante de mi cuerpo.
Ese gesto, tan rápido, tan protector, hizo que Leonardo se detuviera como si hubiera chocado contra un muro invisible.
Mi hijo mayor tenía catorce años, pero en ese instante pareció un hombre.
No por la altura.
Ni por la mandíbula heredada de su padre.
Sino por esa forma de mirar, fría y contenida, que tantas veces me había asustado cuando era niño. La misma forma de Leonardo cuando sentía que el mundo se le escapaba de las manos.
—No se acerque a mi madre —dijo Ethan.
El salón entero quedó inmóvil.
Leonardo miró a su hijo.
A su hijo.
Pude ver el momento exacto en que esa palabra empezó a formarse dentro de él, aunque todavía no se atreviera a pronunciarla.
—Yo no voy a hacerle daño —respondió.
Ethan soltó una risa breve.
—Eso suelen decir los hombres que ya lo hicieron.
Una cámara se acercó demasiado. Caleb levantó la mano y tapó el lente con una serenidad impecable.
—Respeten nuestro espacio —dijo—. Esto no es entretenimiento para ustedes.
Adrian no habló.
Solo seguía mirando a Leonardo.
De los tres, él era el más parecido.
No solo físicamente. También en esa manera de guardar el mundo detrás de los ojos.
Victoria Lancaster fue la primera en reaccionar de verdad.
—¡Esto es una trampa! —exclamó, bajando de la primera fila con el rostro desencajado—. ¡Una maniobra barata! ¿Quién te pagó, Sofía? ¿Quién te mandó venir justo hoy?
—Usted debería saberlo mejor que nadie, Victoria —dije—. A mí nunca me pagaron lo suficiente para obedecer.
Su rostro se endureció.
—Sigues siendo la misma insolente.
—Y usted sigue confundiendo insolencia con una mujer que ya no le tiene miedo.
Los murmullos crecieron.
En las pantallas gigantes, mi rostro y el de mis hijos se proyectaban con una claridad cruel. Millones de personas debían estar viendo aquello en sus casas, en oficinas, en aeropuertos, en teléfonos.
Leonardo hizo una señal seca hacia el equipo técnico.
—Corten la transmisión.
Nadie se movió al principio.
Entonces su voz bajó.
—Ahora.
Las pantallas se apagaron.
La transmisión terminó.
Pero ya era tarde.
En la era de internet, una verdad necesita menos de diez segundos para volverse inmortal.