—¿Tu mamá te llevó al médico?
Negó con la cabeza.
—Dijo que dejara de hacer drama.
Sentí rabia.
Pero la rabia podía esperar.
Mi hija no.
—¿Puedo ver dónde te lastimaste?
Valentina dudó.
Luego se dio la vuelta y levantó lentamente su camiseta.
Lo que vi me revolvió el estómago.
En la parte baja de su espalda había un moretón enorme.
Morado oscuro.
Casi negro en el centro.
La forma era demasiado definida.
Redonda.
Exactamente como la manija metálica de la puerta.
Pero eso no fue lo peor.
Había otras marcas.
Una amarillenta cerca de la cintura.
Otra verdosa debajo del omóplato.
Y una tercera, casi desaparecida, cerca del costado.
Lesiones de diferentes días.
Valentina bajó rápidamente la camiseta.
—¿Estás enojado?
—No contigo.
—Mamá dijo que si te contaba ibas a hacer un problema y que nos podían separar.
Eso me destrozó.
Mi hija no solo había sido lastimada.
La habían entrenado para guardar silencio.
—¿Esto ha pasado antes?
No respondió.
—Vale, mírame.
Levantó lentamente la cabeza.
—No tienes que proteger a ningún adulto. Los adultos tenemos que protegerte a ti.