El silencio que siguió fue más fuerte que cualquier discusión que hubiéramos tenido.
Rowan no dijo una palabra.
Solo miró a mi padre.
A Gideon Sterling.
Al hombre que durante dos años había llamado “viejo arrogante” cuando aparecía en las noticias financieras.
Al hombre que, según él, era un ejemplo de quienes habían “tenido suerte y luego creían merecer respeto”.
Ahora estaba sentado junto a la ventana del hospital sosteniendo a su nieto.
Su nieto.
La misma persona que Rowan había dejado sola para ir a comer pastel.
—¿Qué… qué hace él aquí? —preguntó finalmente.
Su voz ya no tenía la seguridad de antes.
Miré a mi padre.
Él no respondió.
No porque no pudiera.
Porque me estaba dando la oportunidad de hacerlo yo.
—Es mi padre.
La cara de Rowan cambió.
Primero confusión.
Después incredulidad.