—Todavía no del todo.
Ella me acarició la mejilla, justo donde había cicatrizado el pequeño corte del labio.
Entonces empezaremos por desayunar.
Sonreí.
Preparé café. Quemé la primera tostada. Mi madre protestó porque había puesto demasiada mantequilla en la suya.
Y mientras la escuchaba, comprendí que aquella era la vida que quería recuperar.
No el imperio.
No el apellido.
Una mañana tranquila en la que nadie pudiera convertir el amor en una amenaza.