Daniel había negado su participación.
Yo no le creí.
Tres semanas después apareció muerto en un automóvil abandonado.
La investigación oficial atribuyó su muerte a un ataque de una banda rival.
Y yo había permitido que aquella versión permaneciera intacta.
Miré a Lily.
—No lo sé, pequeña.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Mamá dice que era un hombre bueno.
Sentí una presión insoportable en el pecho.
—Entonces vamos a averiguar qué ocurrió realmente.
A las cinco de la mañana, ordené que llevaran a Lily a la cocina y le prepararan chocolate caliente.
Pero se negó a marcharse.
—Todavía no has visto lo más importante.
Me detuve.
—¿Qué cosa?
Señaló el reloj digital de la grabación.
—Los números se repiten, pero las sombras no.
Me acerqué.
La secuencia mostraba a la misma empleada empujando el carrito por el pasillo.