La camioneta negra se detuvo a pocos metros de la barrera.
Cuatro estrellas plateadas brillaban sobre la placa del vehículo.
El soldado Dewitt retiró inmediatamente la mano de mi manga.
Salas se cuadró.
Yo hice lo mismo, aunque todavía sentía el ardor de la bofetada.
La puerta trasera se abrió.
Un hombre alto, de cabello completamente gris, descendió acompañado por dos oficiales.
Reconocí inmediatamente al general de cuatro estrellas William H. Mercer, comandante del mando regional.
Nunca lo había visto personalmente.
Pero todos en Fort Ansel conocíamos su rostro.
Vivian Harmon también lo reconoció.
Su expresión cambió.—¡General Mercer! —exclamó, recuperando rápidamente su sonrisa—. Qué coincidencia tan maravillosa. Precisamente estaba teniendo un problema con esta sargento.
El general no respondió.
Sus ojos recorrieron mi rostro, mi gorra tirada en el pavimento y los dos soldados que permanecían inmóviles detrás de mí.