La primera hoja parecía un documento administrativo. La segunda contenía datos personales de mis padres. La tercera tenía una descripción detallada de la vivienda, incluida la dirección, la superficie y los datos registrales.
Pero fue la cuarta hoja la que me hizo apretar los puños.
Era un borrador de escritura para transmitir la propiedad de la casa a Sergio.
No se trataba de una autorización para pagar facturas ni de un trámite para organizar los gastos domésticos. El documento contemplaba que mis padres cedieran la propiedad de su vivienda a mi hermano.
Y había algo todavía peor.
En una de las cláusulas aparecía una referencia a la posibilidad de que mis padres abandonaran voluntariamente la casa una vez formalizada la transmisión.
Levanté la mirada.
—¿Qué significa esto, Sergi—Significa que estamos organizando el futuro de mamá y papá. Alguien tiene que hacerlo.