Mi hermano se sentó de nuevo.
Parecía haber envejecido diez años en una sola mañana.
Finalmente habló.
—Debía dinero. Mucho más de lo que os dije.
Pilar cerró los ojos.
—¿Cuánto?
Sergio mencionó una cantidad que hizo que Mónica bajara la cabeza.
No era una deuda pequeña. Había préstamos, pagos atrasados y compromisos que él había intentado ocultar durante meses.
—Pensé que, si conseguía la casa, podría refinanciarlo todo —explicó—. Después podría venderla, comprar algo más pequeño para vosotros y quedarme con suficiente dinero para pagar lo que debo.
Joaquín lo miró como si no reconociera su rostro.
—¿Pensabas vender nuestra casa sin preguntarnos?
—No quería dejaros en la calle.
—Pero estabas dispuesto a decidir dónde íbamos a vivir sin nuestro permiso.
Sergio no tuvo respuesta.
Aquella era la verdad que se escondía detrás de las palabras sobre el futuro de la familia.