Por primera vez, no intentó defenderla.
Entonces su teléfono volvió a sonar.
Contestó.
Escuchó durante unos segundos.
Su rostro perdió completamente el color.
—¿Qué pasó? —pregunté.
Colgó.
—El banco rechazó el siguiente pago.
—Eso ya lo sé.
—No, Mariana. Hay algo más.
Sacó una hoja del sobre que llevaba en la mano.
—El crédito tiene una garantía adicional.
Me la entregó.
Leí la última página.
Mi respiración se detuvo.
La casa de Querétaro estaba vinculada como garantía.
Pero había una segunda condición.
Si el pago se retrasaba, la deuda podía hacerse exigible de inmediato.
Y el responsable legal de regularizarla era el mismo nombre que aparecía en el contrato.
El mío.
Mi madre se acercó.
—Podemos arreglarlo.
—¿Cómo?
—Tú tienes trabajo. Puedes pedir un préstamo.
La miré.
No podía creer que acabara de decirlo.