PARTE 2: LA FOTO QUE ADRIAN RECONOCIÓ

—Fue un accidente, ¿verdad?

Antes de que contestara, Mia apareció junto a nosotros.

Mamá.

—¿Sí?

—Tengo hambre.

La abracé con más fuerza de la necesaria.

—Vamos a conseguirte algo.

Adrian miró a Mia.

Luego a la fotografía.

Y vi cómo comenzaba a hacer cálculos.

Siete años.

La edad de Mia.

Nathan.

Yo.

Su expresión cambió.

—Elena…

—No.

—¿Mia es hija de Nathan?

Mi hija nos observó.

—Mamá, ¿por qué está triste?

Sentí que se me rompía algo.

Había imaginado muchas veces contarle la verdad.

Nunca así.

Me arrodillé frente a ella.

—Nathan era tu papá, cariño.

Mia miró la fotografía.

—¿El de la foto?

Asentí.

—Murió antes de que nacieras.

Ella permaneció callada.

Después hizo una pregunta que me destrozó.

—¿Él sabía de mí?

—No.

Mia bajó los ojos.

—¿Entonces no me abandonó?

La abracé.

—No, mi amor. Nunca te abandonó.

Cuando levanté la cabeza, Adrian estaba mirando hacia otro lado.

Aquella tarde no regresé a trabajar.

Adrian tampoco.

Nos llevó a su penthouse porque, según él, aquella conversación no podía continuar en una oficina.

Mia se quedó dormida viendo dibujos animados.

Entonces Adrian colocó una caja sobre la mesa.

—Esto pertenecía a Nathan.Dentro había fotografías, un reloj, cartas y una vieja cartera.

Tomé una fotografía de los dos hermanos.

—Se parecían mucho.

—Él era mejor.

La respuesta me sorprendió.

Adrian continuó:

—Nathan dejó a nuestra familia después de descubrir ciertas cosas sobre mi padre. Cambió de apellido. Renunció al dinero.

—Nunca quiso hablar de ustedes.

—Ahora entiendo por qué.

Sacó un sobre.

—Encontraron esto en su apartamento después de morir.

Mi nombre estaba escrito afuera.

ELENA.

Se me paralizaron las manos.

—Nunca recibí ninguna carta.

—Porque mi padre se quedó con sus pertenencias.

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