—Mariana… —escuché decir a Ricardo al otro lado del teléfono—. Si alguien pregunta por la carpeta, tú no sabes absolutamente nada. ¿Me oíste?
Me quedé inmóvil.
No había duda. Era su voz. La misma voz que tres horas antes me había prometido amor eterno en el aeropuerto de Monterrey. La misma que me había susurrado que volvería a casa en dos años, cuando terminara su supuesto trabajo en Suiza.
Pero ahora sonaba diferente.
Fría. Autoritaria. Amenazante.
La mujer que me había llamado respiraba con dificultad.
—No diga nada —me susurró—. Si él descubre que estamos hablando, estamos perdidas.
Me tapé la boca con una mano para no hacer ruido.
Ricardo volvió a hablar.
—Te lo advierto por última vez. Necesito ese documento antes del viernes. Si no lo consigo, todo lo que hemos construido se vendrá abajo.
La mujer respondió algo que no alcancé a escuchar.Entonces Ricardo golpeó una superficie con tanta fuerza que el sonido retumbó por el teléfono.