Dos hombres discutiendo.
Dinero.
Un disparo.
Y una voz conocida.
Gideon tomó el lápiz con dedos temblorosos.
Ashford.
Rosalie dejó de respirar.
—¿Mi padre?
Gideon asintió.
Antes de poder escribir más, escucharon caballos
acercándose.
Rosalie miró por la ventana.
Su padre estaba frente a la casa.
Merrick venía con él.
Gideon todavía no podía oír los cascos.
Pero Rosalie sí.
Su padre bajó del caballo sosteniendo una escopeta.
—Rosalie —gritó—, recoge tus cosas.
Ella salió al porche.
—Esta es mi casa.
Él sonrió.
—No por mucho tiempo.
Sacó un documento.
Los cincuenta dólares nunca habían sido simplemente el precio de una novia.
Eran el pago inicial de un acuerdo sobre el rancho.
Si Gideon moría sin heredero, determinadas tierras podían regresar al acreedor que poseía una antigua deuda de su padre.
El nombre escrito en aquel contrato era Silas Ashford.