PARTE 2: LOS PAPELES DEL BEBÉ

Tomé la carpeta y la abrí frente a ellos.

—¿Saben qué dejó escrito mi padre?

Ninguno respondió.

—Que esta casa no puede venderse, transferirse ni usarse como garantía sin una autorización específica.

Daniel frunció el ceño.

—Eso no puede ser.

Sonreí ligeramente.

Porque esa reacción era exactamente la que esperaba.

—Sí puede.

Su madre dio un paso adelante.

—Enséñanos los documentos.

Negué.

—No.

Su expresión se endureció.

—¿Perdón?

—No voy a entregar nada.

Daniel levantó la voz.

—¡Soy tu marido!

Lo miré.

—Y él es tu hijo.

Bajó el tono.

Pero no porque hubiera entendido.

Porque se dio cuenta de que estaba perdiendo.

Esa noche, mientras ellos seguían intentando convencerme, hice algo que debí hacer mucho antes.

Llamé al abogado de mi padre.

El teléfono sonó dos veces.

Respondió inmediatamente.

—¿Todo está bien?

No pude hablar durante unos segundos.

Después dije:

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