Entonces se quedó completamente quieta.
Porque mi padre no solo había protegido la casa.
También había dejado registrado cada movimiento financiero relacionado con ella.
Cada intento de presión.
Cada conversación sobre la transferencia.
Cada persona que había preguntado por la propiedad.
Incluido Daniel.
—Esto es imposible —susurró su madre.
La miré.
—No.
Pausa.
—Lo imposible era que pensaran que mi padre no iba a protegerme.
Daniel dejó caer el documento.
—Jessi, espera.
Ya no sonaba furioso.
Sonaba desesperado.
Pero ya era tarde.
Porque esa mañana recibí otro mensaje.
Del abogado.
Solo decía:
“Su padre dejó una última grabación.”
Abrí el archivo.
La voz de mi padre llenó la habitación.
Débil.
Pero clara.
“Hija, si estás escuchando esto, significa que alguien intentó quitarle a mi nieto lo que le pertenece.”
Mi corazón comenzó a latir más rápido.