—Quien tiene más, no debe usarlo para presumir, sino para compartir.
Isabella estudiaba en la escuela primaria privada Santa Catalina, donde las rejas de hierro siempre brillaban, el patio estaba impecablemente limpio y los niños llegaban en autos con chofer.
Pero cada mediodía, mientras los alumnos se sentaban bajo los árboles a comer sándwiches, fruta y jugo, Isabella veía a un niño al otro lado de la reja.
Era delgado, llevaba una camisa vieja y desteñida, tenía el cabello quemado por el sol y unos ojos que miraban hacia el patio con un hambre profunda.
El primer día, Isabella solo lo observó.
El segundo día, dejó media torta dentro de su lonchera.
El tercer día, se acercó a escondidas a la reja, pasó el pan entre los barrotes y susurró:
—Come. Que no te vea el guardia.
El niño la miró durante mucho tiempo, como si no pudiera creer que en este mundo alguien pudiera darle comida sin pedirle nada a cambio.