Un día, el guardia la descubrió.
Un padre de familia la vio.
El rumor se extendió por toda la escuela: la señorita Montes estaba “haciéndose amiga de un niño de la calle”.
Sus compañeros se burlaron de ella.
La maestra llamó a su madre.
Su padre se enfureció porque pensó que su hija estaba avergonzando a la familia.
—Tú no entiendes, Isabella —dijo su padre con frialdad—. Los niños como él se aprovechan de la bondad de los demás.
Pero Isabella solo bajó la cabeza y respondió:
—Si yo tuviera hambre, también esperaría que alguien me diera de comer.
Aquella frase dejó la habitación en silencio.
Pero el asunto no terminó ahí.
Unas semanas después, la familia Montes decidió cambiar a Isabella de escuela. Le prohibieron acercarse a la antigua reja. Le prohibieron mencionar a Mateo. Le prohibieron llevar comida extra en la mochila.