Esa noche, mi marido perdió no solo a la amante, que por fin supo la verdad, sino también el respeto de toda su familia.
Y cuando intentó pedirme perdón, ya era demasiado tarde. En silencio, le extendí los documentos de divorcio que había preparado con antelación y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que la justicia realmente existe.