Casi un año después, Camila volvió al cementerio.
Ya caminaba sin bastón.
Don Eusebio la reconoció y se quedó mirándola como si estuviera viendo un fantasma.
—Entonces… sí era usted.
Camila sonrió.
—Eso parece.
Llegaron hasta la lápida.
La joven permaneció varios segundos observando su propio nombre tallado en piedra.
—Es rarísimo leer tu fecha de muerte cuando todavía tienes planes para el lunes.
Julián soltó una pequeña risa.
—Mañana retirarán la lápida.
Camila tocó el mármol frío.
—Que retiren la piedra.
—¿Y la tumba?
Ella miró el espacio alrededor.
—Déjala vacía.
—¿Por qué?
Camila tomó a su padre del brazo.
—Porque esa tumba estaba destinada a convencerte de que yo ya no existía. Pero fue precisamente que estuviera vacía lo que hizo que empezaras a buscarme.
Julián entendió.
Al día siguiente retiraron el monumento.