Regresé de Alemania y fui primero al cementerio, como cualquier padre que llevaba ocho meses llorando a su hija. El cuidador bajó la voz: “Hubo funeral, pero nunca hubo entierro”. Guardé el teléfono, fingí no saber nada ante mi familia y esa noche abrí un archivo secreto. Lo que decía explicaba el accidente, el ataúd vacío y por qué alguien seguía pagando una clínica cada mes…

—¿Y sus cosas?

—Guardadas.

—Qué rápido borraron todo.

Héctor sonrió con incomodidad.

—La vida tenía que seguir.

Esa noche cenaron en casa de Patricia.

Julián comentó casualmente:

—Quiero arreglar la tumba de Camila. Está bastante descuidada.

La copa de Mateo chocó contra el plato.

Patricia lo miró.

—¿Fuiste hoy?

—Sí.

Hubo un silencio demasiado largo.

Horas más tarde, Julián regresó a la empresa con Lucía. Recuperaron de una bodega la vieja computadora de Camila.

En la carpeta de borradores había un correo nunca enviado.

Tenía fecha del mismo día del supuesto accidente.

Julián lo abrió.

“Papá, necesito hablar contigo antes de que alguien se entere. Revisé las cuentas de los últimos dos años. El tío Héctor y Rodrigo están sacando dinero de la empresa. Mateo también ha autorizado pagos. Ya encontré empresas fantasma y tengo pruebas. No confíes en nadie todavía.”

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