Se burlaron de mí por viajar sola y creyeron que me asustaba volar, hasta que dos aviones militares aparecieron junto al nuestro y el capitán preguntó por la pasajera del asiento 7A usando un nombre que yo había dejado atrás

—Gracias por levantar la mano, Natalia —dijo el capitán.

No supe qué contestar.

Al otro lado del canal, Esteban pidió que me transmitieran algo antes de despedirse.

—Me dio gusto escucharte, Bruma.

Tuve que tragar saliva.

—A mí también, Lince.

Cuando regresé, el hombre del 7B se levantó para dejarme pasar.

Esta vez apartó completamente las piernas y recogió el saco de mi asiento.

—¿Está todo bien?

—Nuestro avión está bien. Están ayudando al otro piloto.

Se quedó mirándome.

—Usted sabía lo que estaba pasando.

—Sabía algunas cosas. Las tripulaciones tenían el panorama completo.

Me abroché el cinturón.

La sobrecargo anunció que la situación estaba controlada y pidió que guardaran los teléfonos y despejaran los pasillos.

El murmullo cambió.

Ya no tenía aquella dureza del miedo, aunque todavía había personas llorando en silencio.

El niño que había preguntado si nos perseguían se asomó entre los asientos.

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