Solo aparté la mirada unos segundos y mi hijo ya estaba en el suelo de una tienda de lujo, junto a un florero de 185 mil pesos hecho pedazos. “No llamen a la policía”, ordenó un hombre desde la puerta. Al reconocerlo después de ocho años, abracé a mi hijo y guardé silencio… porque él aún no sabía que una carta, un teléfono escondido y una mentira familiar estaban a punto de destruir todo lo que creía cierto.

Marcó el número de Mariana.

—Ya tengo el resultado.

—Sé lo que dice —respondió ella—. Yo siempre lo supe.

—¿Puedo ir?

Mariana guardó silencio unos segundos.

—Mañana a las cuatro.

—Voy a comprar…

—No.

—¿No qué?

—No llegues con una tienda de juguetes.

Alejandro calló.

Había pensado exactamente eso.

Un telescopio. Una bicicleta. Aquella cobija con estrellas. Todo lo que pudiera compensar siete años.

—La culpa es un pésimo padre, Alejandro —dijo Mariana—. Mateo no necesita que le pidas perdón con cajas. Necesita saber si vas a estar un martes cualquiera cuando tenga tarea, un sábado cuando esté enfermo o un día en que no haya nada emocionante que hacer.

Aquellas palabras lo acompañaron toda la noche.

Al día siguiente llegó con las manos vacías.

Doña Elena abrió la puerta apoyada en su bastón.

Lo miró de arriba abajo y, al notar que no llevaba regalos, pareció aprobarlo.

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