Doña Elena estaba sentada en la cocina.
No quiso irse.
—También quiero escucharla —dijo.
Teresa se sentó frente a Mariana.
Por primera vez no parecía una empresaria acostumbrada a imponer su voluntad.
—No sé cómo pedir perdón —comenzó—. Nunca pensé que tendría que hacerlo.
Mariana no dijo nada.
—Te eché estando embarazada. Utilicé a trabajadores de la empresa. Me quedé con tu teléfono, envié un mensaje haciéndome pasar por ti y ordené que no comunicaran tus llamadas con mi hijo.
Respiró hondo.
—Le quité siete años a Alejandro. Y le quité un padre a Mateo porque creí que tenía derecho a decidir quién era digna de nuestra familia.
—No te perdono —respondió Mariana.
Teresa bajó la mirada.
—Lo entiendo.
—Quizá algún día. Pero Mateo no tiene la culpa. Puede conocerte con condiciones. Nunca hablarás mal de mí ni de mi abuela delante de él. No comprarás su cariño con regalos. Y nunca intentarás hacerle creer que debería vivir en otro lugar porque tú puedes darle más cosas.