Aquella tarde nos avisaron de una posible intrusión en una vivienda de una colonia tranquila. Había señales de quealguien había forzado una puerta y existía la posibilidad de que la persona siguiera dentro.
Bruno y yo fuimos de los primeros en llegar.
La puerta trasera estaba destrozada.
Solté un poco la correa.
—Busca.
Bruno avanzó.
Atravesó la cocina delante de mí, concentrado, silencioso.
Cuando entré a la sala, vi al hombre.
No estaba intentando escapar.
Nos estaba esperando.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Vi que levantaba un brazo.
Bruno ladró de una manera que yo conocía perfectamente.
No era el ladrido de búsqueda.
Era el ladrido que usaba cuando sabía que yo estaba en peligro.
Se lanzó.
Entonces llegó el disparo.
Después, silencio.
Bruno cayó.
Me arrodillé junto a él y puse una mano sobre su cuello. Respiraba, pero hacía un sonido agudo que nunca le había escuchado.