Tengo 72 años y llevaba ocho viuda cuando apareció Ernesto. Durante un año tuvimos una relación que me hacía feliz

Los primeros días fueron divertidos. Había cajas por todas partes y discutíamos dónde poner sus libros. Tuvimos que vaciar medio armario, compramos otra mesilla para el dormitorio, y un día Ernesto apareció con una cafetera enorme porque, según él, la mía hacía un café malísimo. Me gustaba verlo allí.

Hasta que empezamos a convivir de verdad.

Ernesto se levantaba a las siete y media, incluso los domingos. Subía las persianas, encendía la radio y preparaba café. Yo llevaba años disfrutando de mañanas lentas: me levantaba cuando quería y podía pasarme una hora leyendo en silencio.

Él necesitaba saber qué íbamos a hacer durante el día.

-¿Comemos en casa?

-¿Vas a salir esta tarde?

-¿A qué hora vuelves?

No lo hacía por controlarme. Era, sencillamente, su forma de compartir la vida con alguien. Pero yo empecé a sentirme incómoda de una manera que no sabía explicar.

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