Durante unos días intentamos cambiar algunas cosas. Ernesto dejó de preguntarme tanto por mis planes. Yo intenté que no me irritaran sus cosas en el baño. Hasta acordamos que algunas tardes cada uno iría a su aire. No funcionó. Porque el problema no eran las llaves, ni las sartenes, ni la radio.
Una noche se lo expliqué como mejor supe. Durante casi cuarenta años había compartido mi vida con Paco. Había sido esposa, madre y la persona que sabía qué necesitaba cada uno en casa. Perderlo me hizo sufrir muchísimo, pero con los años había descubierto una independencia que nunca antes había tenido. Y no quería perderla ahora solo porque me había vuelto a enamorar.
Ernesto se quedó callado. Luego me confesó que él también echaba de menos cosas de su antigua casa: escuchar la radio en la cama, cenar cualquier cosa o invitar a un amigo sin pensar si a mí me molestaría.