Cuando los policías se marcharon, los empleados de la residencia se disculparon.
La mujer parecía sinceramente afectada.
—Señor Robert, jamás habríamos venido si hubiéramos sabido que estaban presionándolo.
Le di las gracias.
Después me volví hacia Daniel.
Estaba junto a la puerta, mirando al suelo.
—Papá —susurró—, no quería que las cosas llegaran tan lejos.
Sentí que las lágrimas me ardían en los ojos.
—Entonces, ¿hasta dónde querías llegar?
No respondió.
Señalé el retrato familiar que colgaba sobre la chimenea.
En él aparecíamos Margaret, Daniel y yo durante su decimoctavo cumpleaños.
—Trabajé cincuenta años para que nunca tuvieras que pasar las dificultades que yo pasé —dije—. Pagué tus estudios. Te ayudé a comprar una casa. Cada vez que necesitabas dinero, te lo daba.
Mi voz comenzó a temblar.
—Pero ayer me miraste a los ojos y me amenazaste con quitarme a las únicas personas que todavía me quedan.