Todos acusaban a mi esposo de preferir al gemelo mayor, pero algo no cuadraba: podía pasar horas abrazándolo y ni siquiera mirar al pequeño cuando lloraba. “Está bien, no voy a preguntarte más”, le dije. Esa noche preparé un sobre con muestras de uñas y cabello y lo envié a un laboratorio. Tres días después recibí el ADN; puse los papeles sobre la mesa y la reacción de mi esposo me confirmó que el verdadero escándalo apenas comenzaba.

No ocurrió.

Cuando lloraba, yo corría.

Cuando tenía hambre, lo alimentaba.

Cuando sonreía, me derretía exactamente igual.

Pero ahora cada vez que lo abrazaba pensaba en otra mujer.

¿Tendría sus ojos?

¿Habría sentido alguna vez que algo no encajaba?

Y después pensaba en Emiliano.

Mi hijo biológico.

Un niño al que jamás había tocado.

Me sentía culpable por extrañarlo sin conocerlo y culpable también por tener miedo de que recuperarlo significara perder a Santiago.

Mientras tanto, Mauricio comenzó a acercarse a Mateo.

Al principio me irritó.

Parecía penitencia.

Una actuación tardía para tranquilizar su conciencia.

Pero Mateo tampoco se lo puso fácil.

Cuando Mauricio intentaba cargarlo, se ponía rígido y buscaba inmediatamente mi rostro.

La primera vez incluso lloró.

—Soy papá —susurró Mauricio mientras trataba de tranquilizarlo.

Aquella frase me dolió.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *