No ocurrió.
Cuando lloraba, yo corría.
Cuando tenía hambre, lo alimentaba.
Cuando sonreía, me derretía exactamente igual.
Pero ahora cada vez que lo abrazaba pensaba en otra mujer.
¿Tendría sus ojos?
¿Habría sentido alguna vez que algo no encajaba?
Y después pensaba en Emiliano.
Mi hijo biológico.
Un niño al que jamás había tocado.
Me sentía culpable por extrañarlo sin conocerlo y culpable también por tener miedo de que recuperarlo significara perder a Santiago.
Mientras tanto, Mauricio comenzó a acercarse a Mateo.
Al principio me irritó.
Parecía penitencia.
Una actuación tardía para tranquilizar su conciencia.
Pero Mateo tampoco se lo puso fácil.
Cuando Mauricio intentaba cargarlo, se ponía rígido y buscaba inmediatamente mi rostro.
La primera vez incluso lloró.
—Soy papá —susurró Mauricio mientras trataba de tranquilizarlo.
Aquella frase me dolió.