Todos acusaban a mi esposo de preferir al gemelo mayor, pero algo no cuadraba: podía pasar horas abrazándolo y ni siquiera mirar al pequeño cuando lloraba. “Está bien, no voy a preguntarte más”, le dije. Esa noche preparé un sobre con muestras de uñas y cabello y lo envié a un laboratorio. Tres días después recibí el ADN; puse los papeles sobre la mesa y la reacción de mi esposo me confirmó que el verdadero escándalo apenas comenzaba.

Mariana comenzó a llorar.

—Es mi hijo.

La frase me atravesó.

Instintivamente apreté a Santiago contra mi pecho.

Ella lo notó.

—Perdón.

—No tienes que pedir perdón —respondí, mirando a Emiliano—. Estoy pensando exactamente lo mismo.

Mariana pidió permiso para tocar a Santiago.

Ni siquiera dijo cargarlo.

Solo tocarlo.

Cuando acarició su mejilla, Santiago la observó unos segundos y después escondió la cara contra mi pecho.

Mariana se quebró.

—No me conoce.

Entonces Alejandro acercó a Emiliano.

—¿Quieres cargarlo?

Miré a Mariana.

Vi miedo en sus ojos.

El mismo miedo que yo tenía.

Finalmente asintió.

Tomé a Emiliano.

Mi hijo.

Mi hijo según el ADN.

Pero él me miró como se mira a una desconocida.

Frunció el ceño.

Hizo un puchero.

Y comenzó a llorar desesperadamente buscando a Mariana.

Se lo devolví.

En cuanto ella lo sostuvo, se tranquilizó.

Me quedé con los brazos vacíos.

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