Mariana comenzó a llorar.
—Es mi hijo.
La frase me atravesó.
Instintivamente apreté a Santiago contra mi pecho.
Ella lo notó.
—Perdón.
—No tienes que pedir perdón —respondí, mirando a Emiliano—. Estoy pensando exactamente lo mismo.
Mariana pidió permiso para tocar a Santiago.
Ni siquiera dijo cargarlo.
Solo tocarlo.
Cuando acarició su mejilla, Santiago la observó unos segundos y después escondió la cara contra mi pecho.
Mariana se quebró.
—No me conoce.
Entonces Alejandro acercó a Emiliano.
—¿Quieres cargarlo?
Miré a Mariana.
Vi miedo en sus ojos.
El mismo miedo que yo tenía.
Finalmente asintió.
Tomé a Emiliano.
Mi hijo.
Mi hijo según el ADN.
Pero él me miró como se mira a una desconocida.
Frunció el ceño.
Hizo un puchero.
Y comenzó a llorar desesperadamente buscando a Mariana.
Se lo devolví.
En cuanto ella lo sostuvo, se tranquilizó.
Me quedé con los brazos vacíos.