—Los dos están aquí. Están a salvo. Mi teléfono estaba cargándose en el taller.
—Pásame a Nathan.
Un momento después, mi hijo respondió.
—¿Mamá?
—¿Estás herido? ¿Está bien Cole?
—Estamos bien.
—Entonces, ¿por qué no has contestado al teléfono?
Vaciló.
—Vimos tus mensajes. Nos daba miedo responder. El abuelo no sabía que habíamos apagado los teléfonos.
—Nos has tenido toda la noche buscándoos. Frank te llevará a casa. Ahora mismo.
Informé a la policía de que los chicos estaban a salvo y llamé a Denise.
A las 4:37 de la madrugada, Nathan cruzó la puerta de mi casa.
—¿Dónde has estado? ¿Tienes idea de todo lo que nos has hecho pasar?
—Lo siento, mamá.
—¡Dos meses! ¿Dónde has estado pasando los fines de semana?
Bajó la cabeza. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar y serrín pegado al pelo