Un día después de nuestra boda, mi suegra me roció desinfectante directo en los ojos y escupió: “Una mujer sucia y sin un centavo como tú jamás pertenecerá a esta familia.” Mi esposo no solo se quedó mirando… también me sujetó los brazos mientras yo gritaba de dolor. Horas después, los médicos confirmaron quemaduras químicas en ambos ojos. Pero cuando mis padres pidieron ver cada segundo de las cámaras de seguridad, su familia entendió que acababa de tocar a la mujer equivocada…

“Mi mamá está muy alterada por tu comportamiento. No hagas esto más grande. Firma una declaración diciendo que fue accidente.”

Mi madre levantó la vista.

—Respóndele como si tuvieras miedo.

Mis dedos temblaron.

“No entiendo, Sebastián. ¿Por qué me sujetaste si yo estaba tratando de cubrirme los ojos?”

La respuesta llegó casi de inmediato.

“Porque ibas a hacer un escándalo. Mi mamá no puede cargar con tu drama. Deberías estar agradecida de haber entrado a una familia como la nuestra.”

Mi madre tomó captura.

Luego llegó un audio de Beatriz.

Su voz sonó por la habitación como una navaja envuelta en perfume caro.

—Lucía, escucha bien. El abogado de la familia te llevará unos documentos. Vas a firmar que te rociaste sola por torpe. No voy a permitir que una muerta de hambre destruya el apellido Landa. Entraste sin nada y puedes salir con menos.

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