Un día estaba a punto de entrar en mi casa cuando mi mejor amiga sacó de repente una llave de su bolso y dijo: “Yo abriré la puerta.” Me quedé mirando la llave que tenía en la mano y pregunté: “¿De dónde sacaste una llave de mi casa?”…

Miré a Laura.

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“¿Y la llave de nuestra casa?”

Me miró con una sonrisa culpable.

“Las viejas cajas de tu madre estaban en tu sótano. Las fotografías, los platos, las cortinas… Daniel me dio la llave para que pudiera entrar cuando tú no estuvieras e ir trayendo todo poco a poco sin que te dieras cuenta.”

La miré fijamente.

“Y durante dos días pensé que…”

Se acercó y me abrazó.

“Sé exactamente lo que pensabas. Por eso estuve a punto de contártelo todo.”

Daniel abrió la puerta de la cocina.

El viejo mantel rojo de mi madre estaba extendido sobre la mesa.

Y en el centro había una pequeña tarjeta.

Laura había escrito:

“Algunas personas entran en tu casa no para quitarte algo, sino para devolverte algo.”

Volví a mirar aquella llave que apenas dos días antes me había asustado tanto.

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