—No puedo seguir viviendo así, papá.
Robert bajó la cabeza. Una lágrima le recorrió la mejilla.
—Lo entiendo, hijo. Sé que soy una carga. Solo quería quedarme un poco más en casa.
Aquellas palabras hicieron que Daniel apartara la mirada.
Pero lo que Robert no sabía era que su hijo llevaba tres días intentando tomar una decisión que podía cambiar la vida de ambos.
Y todavía no se atrevía a contarle toda la verdad.
- El secreto detrás de la puerta
Mientras los profesionales preparaban el traslado, Ellen, la vecina de 67 años, escuchó movimiento en el apartamento y salió al pasillo.
Al ver a los dos hombres, se apresuró a acercarse.
—¡Daniel! ¿Qué estás haciendo con tu padre a estas horas?
El muchacho respiró hondo.
—Voy a llevarlo a un lugar donde puedan cuidarlo.
—¿Y por qué no se lo dijiste antes? ¡Ese hombre lleva toda la noche llorando!
Daniel no respondió.
Ellen miró a Robert, que intentaba ocultar las lágrimas, y sintió que se le partía el corazón.
—Robert, querido, ¿sabes adónde vas?
—No, Ellen. Mi hijo dice que ya no puede cuidarme.
La mujer se volvió hacia Daniel.
—¿No puedes cuidarlo o ya no quieres hacerlo?
—¡No lo entiende! —exclamó él—. ¡No sabe lo que es tener dieciocho años y sentir que no puedes salir de tu propia casa sin preguntarte si tu padre sigue respirando!
Ellen guardó silencio.
Daniel continuó, con la voz quebrada:
—He dejado de salir con mis amigos. No invito a nadie. Me despierto por la noche cuando lo escucho llamarme. Tengo miedo de encontrarlo muerto cada vez que entro en su habitación.
Por primera vez, la mujer vio algo distinto de la rabia en sus ojos.
Vio agotamiento.